El Profesor

Mrs. Orange escribió esto antes de comer:
 

 

Estoy incomoda… No debería estar aquí. Hace años que dejé atrás el colegio. Es muy extraño encontrarme de nuevo sentada en este incomodo pupitre…

A mi alrededor todo es frío, todo es vacío… Esta sala es como un enorme anfiteatro… y, de repente, lo sé: Es un examen.

La adrenalina me sube por las nubes. No sé de qué es el examen, ni he estudiado nada. El corazón me late desbocado. Me revuelvo en mi asiento, dudando si quedarme o escapar. Estoy tan incomoda…!

Me miro y me doy cuenta de que llevo de nuevo el uniforme… Pero es imposible! yo he crecido desde entonces! Estiro la faldita de cuadros hacia abajo todo lo que puedo, pero inevitablemente deja la mayor parte de mis piernas al aire, es tan cortita que noto el frío de la silla en mis muslos al sentarme y estoy segura de que a poco que me mueva se me verán las braguitas. Me siento avergonzada. ¿Por qué voy vestida así? ¿Por qué llevo calcetines? En mi colegio no se llevaba este tipo de calcetín blanco hasta la rodilla! Y esa blusa blanca, que apenas he conseguido abrochar, deja mis pechos prácticamente a la vista… Me siento como desnuda en el centro de esta habitación vacía, enorme, como un teatro, y solo mi minúsculo pupitre en el centro, frente a una mesa enorme, amenazadora, esperando a que alguien que no conozco me ponga un examen que se que voy a suspender..

De pronto oigo un ruido y levanto la vista.

Un hombre entra en la sala sin mirarme. Es muy atractivo, camina con seguridad hacia la mesa que está frente a mí y se apoya en ella descuidadamente, de una forma que de repente se me antoja extremadamente sensual. Abre un libro e ignorándome empieza a leer.

No se que me pasa, pero ya no quiero irme. Me gusta ese hombre, no puedo dejar de mirarle. Quiero que él me mire, que se percate de que estoy ahí.

Le recorro con la vista, deleitándome en su figura. Es bastante alto, con una espalda bien proporcionada y unos hombros increíbles. Realmente tiene un cuerpo muy masculino. Su rostro es de corte clásico, destaca una mandíbula que denota una voluntad férrea, pero que su boca, sensual y jugosa, matiza con un toque de increíble dulzura. Es espléndido, es mas, es realmente guapo. Y, de pronto, empiezo a notar que mirándole de esa forma me estoy excitando.

Quiero que se acerque, que me mire, que me desee como yo a él… pero me sigue ignorando.

Pequeños escalofríos suben por mis piernas, mis muslos, mi vientre… Ya no aguanto mas, necesito llamar su atención. Necesito sentir que se fija en mí…

Dudando, como si fuera una niña pequeña, levanto tímidamente mi mano y mis labios dibujan unas palabras que no terminan de salir: Disculpe! Profesor!

Él se vuelve lentamente. Me mira por fin, y sus ojos castaños, profundos, recorren mi cuerpo semidesnudo incendiándolo. Sentir su mirada es como caer en un volcán.

Se acerca desesperadamente despacio, mirándome con una sonrisa entre dulce y canalla bailando en la comisura de su boca. Se inclina desde atrás sobre mi, apoyando una de sus manos en el respaldo de mi silla y la otra sobre la mesa, muy cerca… demasiado cerca… y noto su calor y su aliento en mi cuello.

Sorprendida por esta reacción inesperada, me quedo quieta, tensa, con la cabeza gacha y la mirada fija en algún punto de la pared de enfrente, apretando los puños contra mi falda. Ya casi puede tocar con sus labios los lóbulos de mis orejas, y entonces me susurra, acariciándome con la voz mas sensual que he oído jamás:

“Te equivocas. Yo no soy profesor”.

Noto que me pongo colorada, como si me hubieran pillado en una falta, pero a la vez no puedo evitar un gemido cuando noto su aliento en mi cuello. Le deseo ahora de una forma ciega, desesperada, que no pensaba que fuera posible. Con los ojos cerrados trato de controlarme, pero el olor de su piel me invade, me está volviendo totalmente loca. Finalmente logro reaccionar. Me vuelvo para mirarle, pero ya no está.

Sorprendida me levanto y empiezo a recorrer la sala. Buscándole, llamándole sin voz. Hasta que, exhausta, me doy por vencida. El ya no está, pienso para mi…

Entonces, lentamente, como resbalando, me agacho y con la cabeza entre las piernas comienzo a sollozar. No puedo dejar de llorar. No puedo soportar la idea de perderle.

Finalmente, derrotada, presa de la angustia, me levanto y voy arrastrando los pies hacia la puerta de salida. Ya no me importa el examen. Ya nada me importa.

Pero al llegar veo que él está allí, junto a la puerta, con unas llaves en la mano, y mirándome directamente a los ojos me dice: “Tonta, Se te ha corrido el rimel”, y riéndose por lo bajo cierra con llave, con un clic seco, definitivo, que me despierta de pronto y me hace sentir que estoy completamente en sus manos. Saberlo hace que el calor vuelva a mi cuerpo.

Entonces se acerca a mí muy despacio, que estoy ahí de pie, mirándole, petrificada, tratando inútilmente de pasarme el dorso de la mano por mi mejilla húmeda, para limpiarme, como si fuese un gatito o una niña pequeña. De pronto pienso que lo estoy empeorando y lo dejo. Me siento un poco tonta, sin embargo él cuando llega a mi lado coge mi mano sucia de lagrimas y rimel, y depositando en ese dorso mojado un beso increíblemente dulce, tira de mí acercándome a su cuerpo, mientras el mío tiembla como una hoja y mi respiración se agita por momentos.

No puedo dejar de mirarle a los ojos, su pecho roza ya el mío, siento su cuerpo cálido y acogedor pegado a mi y de pronto me ceden las piernas de tal forma que acabo totalmente apoyada en su pecho, mi mejilla contra su cuello. Con su otra mano él me toma por la cintura y en ese momento con sus manos alrededor de mi cintura, su cuerpo cálido junto al mío y la mejilla apoyada en la dulce curva de su cuello, pienso que en esa cárcel de piel me siento la mas protegida y dichosa de las criaturas.

No ha dejado de mirarme ni un segundo, le devuelvo la mirada y entonces, sacando de nuevo esa sonrisa canalla que antes me trastornó, comienza a acercar sus labios a los míos. Su beso es apasionado, dulce, romántico… y a la vez siento que contiene un ansia que iguala la mía, una necesidad, una urgencia, que me hace volverme totalmente loca de deseo por él. De pronto soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea en poseerle, y en ser poseída por el…

Abrazados aun, su cuerpo febril por el deseo me empuja con una suave presión hasta que justo a mi lado noto que queda el borde de la mesa grande del centro. Inclinándose sobre mí me recuesta, aun entre sus brazos, con una suavidad increíble. Sus manos empiezan a recorrer mi cuerpo, el calor que desprenden hace que tenga escalofríos cuando rozan mi piel, mientras, sus besos que me invaden la boca, el cuello, el rostro… y su agitada respiración caen en mi piel como lluvia para un sediento.

Me susurra de nuevo con esa voz llena de deseo y mirándome con sus ojos de fuego, comienza a soltar suavemente los botones de mi blusa. Al hacerlo deja mis pechos al aire, apenas contenidos por el sujetador de blonda blanco que deja que se marquen mis pezones, tan duros por la excitación y el aire frío de la sala, que me hacen gemir por el deseo de que los toque, de que los caliente con el suave calor de su lengua… Pero tras desabrochar mi camisa y dejarme así, excitada, temblorosa y expuesta, me sonríe jugando conmigo y bajando comienza lentamente a acariciar mis piernas, trepando por mi cuerpo poco a poco, desde el tobillo, hasta la rodilla, que se entretiene en lamer y besar suavemente, para luego seguir ascendiendo dulcemente por la cara interior de mis muslos, que tiemblan de deseo ante su contacto…

Este juego de lenta provocación me ha dejado tan excitada como no pensé que llegara a estar nunca, y mis braquitas están indecorosamente empapadas. El lo nota, me mira y me dispara de nuevo con esa sonrisa canalla, lujuriosa, que me enciende, las ve asomando por debajo de la faldita de cuadros que al tumbarme ha quedado algo levantada… y cuando su ascenso llega al final de mis muslos, acerca sus dedos hacia la zona más húmeda y comienza a pasarlos por encima lentamente, con mucha suavidad, apenas tocando la braguita, provocándome auténticos jadeos de deseo. Nunca había sonado así mi voz, ronca, enloquecida… Mi espalda se arquea sin control. Quiero que me posea ya, que me tome salvajemente y calme ese ardor que no puedo controlar y que recorre todo mi cuerpo.

Pero no deja que sea tan fácil, pone un dedo en mis labios que luego besa, pidiéndome paciencia, e inclinándose sobre mi, comienza pasar su lengua lentamente alrededor de mi ombligo, acariciando mis caderas y mi cintura con las manos, mirándome a los ojos mientras lo hace, para que pueda ver su deseo y la lujuria que le embargan. Para que pueda ver todo ese deseo que está conteniendo para mí, para darme placer…

Luego, mientras su boca sigue subiendo poco a poco, toma mis pechos entre sus manos y sacándolos del sujetador comienza a lamer mis pezones, primero suavemente, luego con ansia, y finalmente con autentica lujuria, mientras una de sus manos comienza a descender, sorteando mis braguitas, buscando mi sexo, que le recibe totalmente incandescente, empapado.

El contacto de sus manos y su lengua, sus pequeños mordiscos en mis pezones inflamados de deseo, me producen después de la espera un placer tan intenso que creí que tendría un orgasmo en ese mismo instante.

Pero viendo en mis ojos perdidos la necesidad de dejarme llevar, sonríe malicioso y frenando sus ataques, se vuelve sutil, delicado, y comienzo a sentir como sus besos y su lengua empiezan a bajar por mi cuerpo. Recorre mi vientre con la lengua, bajando de nuevo al ombligo, y superándolo, sin dejar de mirarme, acerca su boca a mis braguitas mientras con extrema delicadeza comienza a tirar de ellas con los dientes, bajándomelas lentamente hasta dejarlas en mis muslos, y su lengua comienza entonces a acariciar mi monte de Venus, que depilado por completo, se estremece al borde del orgasmo a cada contacto. En el mismo instante en que su lengua encuentra por fin el interior de mi sexo, un orgasmo increíble restalla en mi vientre, haciéndome enredar mis manos en su pelo y gritar de placer hasta quedarme ronca…

Abro los ojos, tras unos instantes de desorientación, a medias recuperada. Le miro como en una nube y me doy cuenta de que él sigue totalmente vestido. Me doy cuenta por primera vez de lo que lleva puesto… una camisa de rayas violeta y corbata….

Mmmm…. Y lleva gafas… que sexy…

Aunque me excita la situación de estar medio desnuda y él completamente vestido, me incorporo a medias en la mesa, y sujetándole de la corbata le susurro al oído: “desnúdate para mi”.

Hay algo tremendamente excitante en ver a un hombre de pie, delante de ti, quitándose lentamente la ropa… El gesto de quitarse la corbata… luego el lento desabrochar de una camisa…. La visión de un cuerpo hecho para el sexo apareciendo poco a poco ante mi, y sobre todo el leer en sus ojos mientras lo hace una mezcla de timidez y deseo me ponen de nuevo a mil.

Juguetona enredo con su ropa según se la va quitando… me divierto poniéndome su corbata sobre el cuerpo semidesnudo, pero él sigue mirándome fijamente, sin sonreír, quitándose lentamente el resto… Al caer el pantalón, se me escapa una exclamación ante una de las visiones más maravillosas de mi vida viéndole ante mi en aquel bóxer de licra tan ajustado, con su miembro totalmente erecto marcándose asombrosamente grande y palpitando de deseo, luchando por salir.

Sin dejarle terminar, amarrándolo por las caderas con ambas manos lo acerco hacia mi, y sentada aún sobre la mesa, mirándole desde abajo, comienzo a acariciarle suavemente con el dedo índice los costados, el pecho… trazo dibujos imaginarios por su pecho dejando que su piel se encrespe, se desperece, que todo él responda hasta que tiene todo el cuerpo tenso, dispuesto….

Despacio acerco mis labios, beso su ombligo, bajo por la línea que desaparece por debajo de él y que se pierde en su pubis, y dejando resbalar mis manos, juego a acariciar con mis dedos el contorno de la cinturilla del slip, hasta que metiendo un poquito la punta de mis dedos, lo sujeto y poco a poco, con cuidado, lo voy bajando, dejando ante mi la espléndida visión de su polla, que es acorde con todo él. Impresionante.

Mirando su sexo me doy cuenta que me he cansado de jugar, y volviendo mi vista hasta sus ojos expectantes, sonrío golosa, me arrodillo ante él y acariciando aun con una mano sus caderas y su vientre, acerco la otra y le tomo por la base, acariciándole con suavidad pero con firmeza, cada vez con mas intensidad. Mientras, mi lengua que parece haber cobrado vida propia, empieza a lamerle sin compasión.

Cuando mi lengua acaricia húmeda y caliente su capullo por primera vez noto que cierra los ojos y echa la cabeza para atrás.

Cuando mis labios, ávidos y ardientes abrazan su sexo y comienzan a devorarlo, no puede evitar poner sus manos en mi cabeza y atraerme hacia él.

Cuando nota que mi boca toca su abdomen y el está por completo dentro de mi, sus gemidos se escapan como si nada pudiera contenerlos ya…

Oírle gemir me excita y me provoca de una forma incontrolable, y comienzo a comérsela hasta el fondo, entregándome a él y a su sexo por completo, clavando mis uñas levemente en su delicioso trasero, moviéndome al ritmo que me marcan sus manos, tragándomela entera para que pueda entrar del todo en mi boca, y lamiéndola en el interior, moviendo mi lengua en círculos, rozando su tenso frenillo, acariciando la extrema suavidad del capullo, notando como palpita, como se funde en mi lengua su sabor a sexo, a hombre, y me hace desear darle mas y mas…

A estas alturas ya estoy completamente empapada de nuevo. Cómo me pone que me folle la boca…

Cuando noto que está a punto de dejarse llevar, me separo para permitirle unos minutos mas de placer, e incitándole a masturbarse delante de mí, le provoco acariciándome los pechos, mientras me paso la lengua por los labios con gestos obscenos. Comienzo a chuparme los pezones lentamente, gimiendo muy alto, para que me oiga…

Entonces veo que ya no puede contenerse más y de rodillas aun delante de él, saco la lengua, invitándole, y le miro con mi peor cara de vicio. Rendido, me coge por la nuca y metiéndomela en la boca con un gesto seco, directo, entre dominante y entregado, comienza a correrse en mi garganta mientras mi lengua le ayuda con suavidad, siguiendo el ritmo de sus espasmos.

Su sabor es delicioso, lo trago y me relamo, como una gata traviesa que acaba de devorar el pez más apetitoso de la pecera.

Entonces él hace algo que me sorprende: Abrazándome con suavidad me incorpora y cuando nuestros ojos están por fin a la misma altura me rodea con sus brazos de la forma más tierna y delicada que nunca he sentido y me susurra al oído “gracias”. Después acerca sus labios a los míos y me besa largamente, con pasión, sin importarle el sabor de su sexo en mi lengua. A mi tampoco me importa, es realmente delicioso, y le devuelvo el beso rendida, entregada por completo.

Agotados ambos nos tumbamos sobre la mesa y, como si supiera que ese es mi sitio, me escurro entre sus brazos hasta encontrar ese hueco perfecto entre su pecho y su hombro y ahí me quedo, acurrucada, sonriendo feliz para mis adentros, mientras noto como el sueño me envuelve. Tan solo vuelvo la cabeza un instante para susurrarle al oído:

“Te quiero”.

Lo siguiente que recuerdo es el ruido del despertador.

¿Querías que te contase mi sueño, no? Pues ahí lo tienes. He pensado que te gustaría leerlo hoy que no vamos a poder hablar…

Solo recuerda que: En sueños y despierta…

Te quiero.


 

En el Metro

Mrs. Orange escribió esto cuando llega la noche:
 

 

Ibas en el metro, aparentemente ajeno a todo.

Yo, de pie a tu lado en ese vagón abarrotado, notaba turbada tu olor y el calor de tu piel cercana. Me pareciste muy joven, tal vez unos 25. Alto y delgado, tenías pinta de niño bueno, de ratón de biblioteca. Eras exactamente el tipo de hombre que siempre me había gustado. Leías un libro, no recuerdo de qué. Apoyada contra la barra y sintiendo el acero frío clavarse en mi espalda, te observaba. El calor que me llegaba de tu cuerpo cercano, en contraste con la barra helada en mi espalda desnuda terminaron por provocarme una serie de escalofríos que me recorrieron todo el cuerpo como un rayo. Empujados por la multitud, el inevitable contacto de tu pierna sobre mi cadera me excitaba de una forma incontrolable, no podía dejar de mirarte. Te imaginaba solo, deseando el contacto tibio de una piel femenina bajo tu cuerpo, demasiado tímido como para tener novia, demasiado profundo como para contentarte con un ligue cualquiera de bar… pero tu mirada perdida, muy lejos de ese libro que fingías leer, me decía que aunque tratabas de disimularlo, me sentías a mí tan turbadoramente cerca como yo te sentía a ti.

Suspiraba para mis adentros a cada vaivén del vagón, a cada segundo más y más excitada, preguntándome qué pasaría si te soltases por un segundo de esa barra a la que te aferrabas como un marino en la tormenta y tu cuerpo se pegara al mío, tu aliento me raspara la piel…

Debiste notar la fijeza de mi mirada, o la forma en que me inclinaba hacia ti en cada sacudida, luchando contra mí misma para no dejarme llevar, para no acercar la mano a tu cuello y pasar lentamente mis dedos por ese trozo de piel que me estaba haciendo enloquecer. Finalmente no debiste poder seguir ignorando el calor abrasador que quemaba ya mi cuerpo y se escapaba en mi mirada, por que te vi bajar lentamente el libro, medio inquieto, medio alucinado, y te me quedaste mirando a los ojos, como intentando averiguar en los míos mi destino…

Te devolví la mirada desafiante, seria. Pensando si mis ojos dejarían traslucir todo el deseo que esa increíble curva de tu cuello me provocaba y deseando que me comprendieses, que intuyeses mi necesidad de ti en ese instante, en ese momento.

Vi como tensabas los músculos casi sin darte cuenta y te girabas, inclinándote imperceptiblemente hacia mí, temiendo y deseando a la vez mi reacción. Tus ojos se encargaron de decirme que compartías mis anhelos, que temblabas bajo la ropa de miedo y de deseo contenidos, que te preguntabas como sabían mis labios o qué pasaría si te dejases llevar y me hicieses tuya allí mismo, contra la pared. ¿Cuánto hacía que no tocabas un cuerpo de mujer? No me sonreíste. Ninguno de los dos lo hicimos. Estábamos frente a frente, devorándonos con la mirada, hirviendo de deseo, anhelando un contacto que no llegaba. Pensando si tal vez estábamos imaginando demasiado en los febriles ojos del otro.

Tanto deseo… Me dolían los músculos de tratar de refrenarlo. Cerré los ojos, intentando liberarme de ese embrujo, pero tu olor me invadía por completo, tan masculino, tan sexual… no podía dejar de imaginarte aprovechando una sacudida del vagón para acercar tu cuerpo al mío, y aplastándome con tu peso contra la barra, recorrer con tu boca mi cuello, mis hombros… Imaginaba tus manos acariciando ávidas mis pechos, ahora tan duros que me dolían los pezones de excitación, tu cadera buscando con urgencia la mía, mis manos trepando bajo tu camisa, clavando mis uñas en tu espalda… Abrí los ojos sobresaltada. Se me había escapado un gemido quedo, pero suficiente para que tú, tan cerca como estabas, lo oyeras. Eléctricos espasmos de placer me inundaban, ya despierta, imaginando aún tus labios bajando por mi piel, sintiendo por un momento la locura que sería tenerte desnudo piel contra piel y saborearte centímetro a centímetro.

Tus ojos no soltaban los míos. Sé que notabas lo excitada que me encontraba, había visto como mirabas de reojo mis pezones marcados sin remedio contra la camiseta de algodón. Tenías que notar mi respiración agitada, desacompasada… Y sé que me habías oído gemir, por que también tú estabas ahora totalmente excitado, no podías ocultarlo.

Y, en ese momento, pensé que sucedía.

Una sacudida más fuerte que las demás nos inclinó a los dos a la vez y nuestros cuerpos se encontraron por un segundo. El vagón se paró y en mi turbación apenas oí la voz metálica que anunciaba la llegada a una estación, no recuerdo cual.

Decidida como nunca había estado de algo, iba a aprovechar esa repentina cercanía para apoyar por fin mis manos en tu pecho y susurrarte mi deseo al oído. Cuando, de repente, sin darme tiempo, te ruborizaste, bajaste los ojos y murmurando algo que no comprendí, te diste la vuelta y bajaste del vagón.

Y yo allí, de pie, con la mano a medio camino ya de la nada, te miraba salir, sorprendida, excitada y triste. Pensando en esa piel hecha para la mía, en esos labios que ya jamás me besarían.

Entonces, mientras sonaba el silbido, apreté la mano y clavándome las uñas en la palma, salté.

Era mi parada.


 

Noche en Ibiza

Mrs. Purple escribió esto a última hora de la tarde:
 

 

Despuntaba el alba y las estrellas se empezaban a marchar desfilando en fila de una. Jorge ya no sabía que hacer, le había llamado cientos de veces y no contestaba, le había mandado decenas de mensajes y no los leía, hasta se había plantado cual seto reseco en frente de su casa y no la veía.
Desesperado decidió salir a buscarla y anduvo con el coche callejeando hasta media mañana parándose cada vez que veía una larga melena cobriza y retorcida que se deslizaba sobre los hombros y espalda de cada chica con aires de inocencia.
Jorge la amaba con locura pero sin saber porqué se había dejado llevar por aquella endemoniada rubia que conoció en la fiesta. Era tan esbelta, con tanta vida recorrida y parecía tan experimentada que no pudo por menos acercarse a ella y tirarle varias indirectas que ella, como mujer de mundo que era, captó al vuelo cual camaleón.
Desafortunadamente, el botón del top que ella lucía con desaire se había desabrochado y dejaba ver bajo una pequeña montaña que se alzaba sin querer mostrar la cima que se adivinaba apuntaba directa a Jorge, el cual tenía el cuerpo ya incandescente, hasta se podía ver un ligero humo que se desprendía de su alterada alma. Él empezó a besarla por el cuello y a arrimarse cada vez más a sus pechos que ya estaban completamente erizados y señalaban sin bacilar el torso contra el que se empezaban a restregar. Su mano se deslizaba suavemente comenzando por la clara y tersa nuca mientras la otra se enredaba en su larga melena bañada por el sol de las costa Ibicencas. Laura, que así era como se llamaba la rubia, no podía dejar de pensar cómo sería pasar la noche con Jorge. Tan pronto como sus brazos la rodearon llegando a la zona que pierde su noble nombre sintió como sus labios se humedecían por completo. Sus labios no dejaban de acariciarse suavemente y como imanes seguían juntos y atraídos sin separarse ni siquiera para poder recuperar el aliento.
Era la primera vez que Laura se había sentido sexualmente tan atraída por un hombre en un periodo tan corto de plazo. Tan sólo había pasado unos pocos segundos y ya yacía sobre una cama de nubes bajo un sudoroso Jorge que no paraba de jadear despacio en su mente con ritmo constante.
Es curioso, pero siempre he pensado que, cuando la persona que tienes a tu lado comienza a gemir, automáticamente se enciende una glándula en tu cabeza que hace que tu respiración se complemente y vaya a pasos acompasados a la suya, con lo que se crea una orquesta de tan sólo dos instrumentos que generan una canción dulce y suave que retumba en tu cabeza durante el resto de la noche.
Este estaba siendo el caso de Laura y Jorge. Ambos habían acompasado la respiración al mismo ritmo alternándose entre besos, y mordiscos y unos cortos silencios. no podían más, había que acabar con esto. Jorge estaba saliendo con una chica y Laura lo sabía por la esclava que le rodeaba la muñeca, ella en cambio no tenía compromisos sentimentales pero sabía que eso no estaba bien. Se tomó unos minutos para poder pensar, pero en el excitante silencio que rodeaba el cuarto donde se había recluido no había espacio para reflexiones a parte, claro está, de escapar de allí con sigilo.
Laura se abalanzó a su oído y le susurró despacio.
- ¿Tienes dónde dormir esta noche?- ella sabía que a la fiesta venía bastante gente y que algunos tendrían que pasar la coche en esa misma casa ya que los hoteles estaban ya copados.
- No…- contestó Jorge, - pensaba coger el coche de vuelta a mi casa si no acababa muy tarde-
Laura, haciendo alarde de su impulsivo atrevimiento, y sin dejar que sus pensamientos hiciesen un recorrido de ida vuelta por su raciocinio, evocó un profundo suspiro que dejaba leer entre líneas un profundo deseo de compartir las últimas horas del alba en compañía de su nueva adquisición.
- ¿Te parece entonces si me acompañas a mi hotel?- en este momento se dio cuenta de lo atrevido de su propuesta y decidió darle un aire mas inocente e ingenuo, -iba a venir con mi amiga Marta, pero un cambio de planes se lo ha impedido, así que la otra cama libre.
Jorge parecía bacilar, el tiempo había cambiado, los segundos parecían minutos y los minutos horas. El silencio se tornaba atronador, sus pensamientos comenzaron a inundar un mar de dudas y de temblores que la hicieron naufragar por el profundo mar hasta llegar a ahogarla por completo. Ya no se oían los suspiros, ni la respiración de ambos. Cortaba el silencio el tic-tac del reloj de cuco que colgaba de pared, el único que se atrevía a hablar y hacer presente que el tiempo, quieran ellos o no, seguía corriendo.
El pensamiento de que el tiempo siguiendo corriendo pese a ellos dos le provocó una mueca que se dejó dibujar en sus labios. El tiempo corría, pero ¿y ella? ¿conseguiría hacerlo esta noche? ¿estaría él pensado en la posibilidad que se le había planteado?.

Al cabo de unos cuantos tic-tacs más que se le hicieron eternos ambos recuperaron la respiración.
- de acuerdo, si me haces un hueco no voy a desaprovechar la oportunidad, la carretera debe estar bastante mal con esta lluvia-
- perfecto, se está haciendo tarde, podríamos irnos ya antes de que el tiempo empeore.

Salieron de la fiesta abriéndose paso entre una gran maraña de cuerpos sudorosos cuyos miembros superiores e inferiores se enredaban de tal manera que no era posible distinguir el cuerpo al que pertenecían. La cantidad de testosterona que brotaba de los cuerpos impregnaba el aire por lo que nadie se dio cuenta de su discreta escapada.


 

Tras las fiestas…

El Wesmaster escribió esto casi a medianoche:
 

 

… volveremos.
Parece que tras la inauguración ha habido una recaida en el número de relatos, no tenemos más que dos o tres y habrá que hacer una pausa para nuestros colores cojan energías y retomemos la cuesta de Enero con ese algo picante tan necesario.
Espero vuestra colaboración, animaros a mandar vuestros relatos
Un abrazo muy grande


 

La Ventana

Invitados escribió esto a última hora de la tarde:
 

 

Vivo en un piso con ventanas grandes, me encanta que entre la luz por ellas, no tengo cortinas precisamente para que entre más luz, sobre todo ese calorcito que da el sol en invierno, ummmm….
Da a un patio interior muy amplio. Enfrente, desde mi ventana puedo ver a mi vecino del piso de abajo, por las noches, cuando él llega del trabajo, sé que me observa detrás de su cortina, y a mí me gusta, enciendo la lamparita del salón para que él pueda verme mejor y me voy desnudando lentamente cerca de la ventana, insinuándome, primero la camisa, luego, despacio, el sujetador, tengo los pezones duros y me pongo de perfil para que él pueda notarlo desde donde está, le miro de reojo y veo que se lleva una mano a sus partes mientras que con la otra sujeta los prismáticos, entonces me voy quitando los pantalones, despacio, muy despacio, le doy la espalda para que pueda observar mi culo redondito con mi tanga de encaje preferido, después me quito también el tanga y lo tiro a un lado del salón, me pongo de perfil y cojo mi consolador, empiezo a chuparlo con gusto, como si fuera una sabrosa polla, ummm ¡qué bueno….! y después, cuando ya está húmedo lo voy bajando por mis pechos erectos y poco a poco más abajo todavía, hasta que llego a mi coño que está ansioso y empapado, empiezo a rozarlo con él, miro de reojo a mi vecino que ya se ha bajado los pantalones, me está mirando fijamente sin perder movimiento, le veo que mueve compulsivamente la mano que sostiene su miembro, yo me meto el consolador en el coño, estoy muerta de placer, lo muevo dentro y fuera, al principio despacio, luego cada vez más rápido, la otra mano me la llevo a la boca y me mojo los dedos con ansia para después pasarlos por mis duros pezones, después también la bajo al coño y me acaricio el duro clítoris, creo que me voy a desmayar de placer, cada vez más rápido, no puedo parar… hasta que estallo en un grandioso orgasmo, es maravillloso!!!

Cuando miro hacia la ventana de mi vecino veo que el cristal brilla, está mojado, también se ha corrido, ahora se esconde tímido detrás de la cortina.


 

En algún lugar de la M30

Mr. Green escribió esto cuando llega la noche:
 

 

Con las manos en el volante de mi coche sonreía al imaginar lo que me había llevado hasta aquel lugar en aquel preciso instante, me parecía algo tan excitantre, de estas historias que le cuentas a los amigotes los días de borrachera y que nunca acaban de creer. Miré al lado y la ví hermosa y lasciva, de nuevo algo me molestaba en la entrepierna, al volver la vista a la carretera mi mente viajó a un momento, hacía dos semanas, y a otro lugar, en mi tienda, donde todo había empezado con una llamada de teléfono…
 
 
 
 
- “¿Si?”, dije
- “¿Hola? ¿El responsable de compras?”
- “Si, soy yo”
- “Le llamo para ofrecerle material de oficina, somos líderes del sector…”
- “Si… bueno… ¿le doy mi email y me envía un catálogo con precios?”
- “Tomo nota”
- “Apunte…”

Aquel comienzo había sido escalofriante, la voz que me hablaba al otro lado lo tenía todo para ser líder en los rankings de las teleoperadoras de la mejor línea erótica del país, aún hablando de cosas triviales conseguía convertir una mañana gris en el mostrador en algo completamente diferente.
Estaba claro que no podía desperdiciar aquella oportunidad, y cuando me llegó la oferta, respondí al email añadiendo al final: “y además, tienes una voz preciosa“. Después hubo muchos emails, aunque nos olvidamos de trabajo, y pronto dejamos también de hablar de sociedad, de la vida y esas trivialidades, nuestra conversación se centró en el sexo.
Ella me recomendaba páginas de ciertas variantes de sexo extremo, incluso algunas de gore, me preocupaba este hecho pero por otro lado me sorprendía la naturalidad con la que lo veía todo. Hablábamos por teléfono y buscaba ponerme lo más cachondo que le fuera posible, y cuando me notaba al borde de la locura me decía: “Llámame desde el móvil mientras vas al servicio a masturbarte“, “¡Estoy en el trabajo! ¡No puedo!” le respondía, pero era difícil contener aquello y a veces casi me convencía. Fueron muchas las conversaciones, las fantasías, las erecciones y las palpitaciones que precedieron el encuentro.

Un día quedamos en Atocha.

¿Como te reconoceré?” Le dije
Soy como Demi Moore” contestó
¡Y lo era! una morenaza con el pelo corto de más de 1.80, con un culo impresionante y unos pechos a la par, no sé calcularlo bien ¿110? ¿120? con la maravillosa forma que tienen esas mujeres que se estrechan en la cintura, era un lujazo verla. Al subirse en el coche pusimos rumbo a la plaza de Santa Ana para tomar algo. Sus ojos azules no paraban de observarme en el trayecto, y aunque no me había tocado estaba nervioso y ciertamente tenso.
Al llegar tomamos posiciones en una terraza, y compartiendo unas cervezas comenzó una conversación sin tabús, no puedo olvidar la cara del camarero que nos sirvió las cañas mientras ella decía: “Adoro el sabor de una buena polla“. Cruzaba mis piernas para intentar disimular algo mas que los nervios, ahora ya no era solo su voz, sino la forma de mover sus labios, daba la impresión de que disfrutaba hablando de todo tipo de experiencias y situaciones. Aquella noche dejó frases tan gloriosas como: “Yo cuando hago sexo oral, lo hago bien, hasta el final, no me importa que se corran en mi boca“, alguien tan ingenuo como yo dejó caer entonces la mandíbula hasta el suelo mientras me esforzaba en no derramar mi vaso.
Luego quiso llevarme a otra esquina de la ciudad, “debes conocer este bar” me dijo, y cuando habíamos dejado el coche me plantó un beso que me cortó la circulación sanguínea durante un buen número de segundos. La conocían en el bar, pero aquello no impidió que me permitiera continuar con mis caricias y besos mientras le negaba al camarero mi petición de una cerveza para obligarme a tomar un mojito, “aquí se toma esto” me decía, y yo no podía controlar la creciente necesidad de poseer aquel cuerpo.
Tras 3 mojitos cada uno pusimos rumbo a mi casa, y no me fué sencillo luchar con el miedo a un control de Tráfico y acallar una conciencia que nunca me había visto en una situación similar, y que sorprendida y comprensiva decidió quedarse en un segundo plano mientras buscabamos mi casa en uno de los barrios de la enorme capital.

Al llegar fué todo rápido, ella llevaba un pantalón de lino blanco semitransparente, y unas braguitas color carne para que no se transparentara con ese pantalón, no recuerdo el color de su blusa, pero sé que un minuto después de entrar en mi casa, no llevaba nada puesto y estaba en mi cama esperando que me lanzara sobre ella. La disfruté desde el primer contacto de mi lengua con su piel hasta el último, besé sus pechos enormes con locura deseando alcanzar su dulce sexo, donde pasé un buen rato jugueteando, adoro el sabor de un sexo tibio nervioso ante mi llegada, me encanta deslizar mi lengua surcando sus húmedos valles con dulzura, y mordisqueando con mis labios cada uno de los suyos, para finalmente detenerme con esmero en el clítoris y masajearlo cuidadosamente, poco a poco, con dulzura y un movimiento constante pero nada monótono, sentir como su cuerpo se va calentando y acelera el ritmo respiratorio, hasta que su cuerpo explota y alcanza un profundo y trabajado orgasmo. Las dos horas y pico que estuvimos en la cama fueron sensacionales, ella era una amante fabulosa, y tras permitirme disfrutar de su cuerpo, ella pasó a conquistar el mio, primero con besos en el cuello repletos de pasión, luego con mordiscos en los hombros, y tras bajar su mano por mi pecho y agarrar con fuerza mi miembro, se lo metió en la boca en una explosión de placer que me desequilibró los brazos y me hizo desplomarme sobre la cama.
Hay muchos modos en los que una mujer puede hacer sexo oral a un hombre, y viceversa, y aquella mujer dominaba con tal soltura ese arte que parecía que hubiera tenido un pene para poder experimentalo en persona, la saboreaba golosa como si se tratara de una nube de estas que venden en las tiendas de chuches, sin hacerle daño en ningún momento con los dientes a su parte más delicada, no paraba de moverla de un sitio para otro, y yo me dejaba llevar por unos caminos del placer que hasta entonces nunca había explorado.
Durante 10 minutos lo hizo con esmero, y como presintiendo que mi final estaba próximo, paró de repente y se tumbó en la cama mientras me decía: “Venga, ahora fóllame“, y a ello fui, en la posición del misionero estuve durante un buen rato, siempre con el mismo movimiento, deteniéndome tan solo para besar aquellos pechos que me llamaban a gritos, seguí y seguí hasta que pude ver como su cuerpo temblaba presa del orgasmo, y yo no podía contenerme mas, mientras ella acababa me acariciaba con sus manos y me decía “córrete en mi pecho“, e incontenible se produjo uno de los momentos más increíbles que recuerdo. Mi excitación era tal, que salió disparado rumbo a una pared que alcanzó y pasó cerca de su cara, algo que me puso muy nervioso pues nunca he sido cómplice ni he comprendido la excitación que encuentran muchos hombres en ese tipo de finales.
Más tranquilo pude desplomarme a su lado durante 15 minutos, abrazados sin miedo a un frio que en pleno verano no visita Madrid, y así estuvimos hasta que llegó la hora de vestirnos y llevarla a su casa.
 
 
 
 
… y allí iba yo en el coche pensando en todo aquello cuando ella me dijo: “¿En qué piensas?“, a lo que respondí: “En lo de esta noche, ha estado realmente genial, y en como nos conocimos, eres increíble“.
Entonces escuché su risa perversa y la miré, no tardó en preguntar: “¿No creerás que he acabado contigo?“, y con cara de asustado la miré, a lo que respondió con una nueva risa, miré al frente de la M40 sin saber que esperar de ella, cuando se quitó el cinturón y en pleno desvio a la M30 comenzó a moverme para poder desabrocharme el pantalón. Lo hizo con sutileza y yo le ayudé, sin perder de vista la carretera, le había contado aquella fantasía pero exhausto lo había olvidado, ahora ella iba a hacerla realidad. Cuando encontró camino dirigió allí su cabeza, justo antes de que dejara el coche en tercera, aquella madrugada no incumpliría ninguna de las absurdas normas de esta circunvalación.
Comenzó de nuevo con sus magistrales caricias, con su lengua juguetona, de nuevo mi miembro no era capaz de alcanzar su mejor estado en aquel momento, eso formaba parte del juego de su boca, amasando y acariciándo mi pene sin permitirle estar lo suficientemente grande como para ser molesto, acariciándolo una y otra vez. Aquel placer me superaba, era algo realmente increíble, la forma de mover su boca, de usar su lengua… de pronto sentí esa inundación para mis sentidos aproximándose, y le avisé de que me quedaba poco, me miró un momento y me dijo “tú sigue“, y aquello era algo que ya no podía detener, y con mis sentidos divididos entre el control del vehículo que no pasaba de 50 y la marabunta de placer, llegué al orgasmo, mientras ella no se apartaba y seguía ahí hasta dejarme sin alma.
Yo estaba intentando coger aire cuando ella se incorporó, se puso el cinturón tranquilamente, y sonriendo me dijo “¿qué tal?“, yo la miré y si dije algo no era de una lengua conocida, seguí mirando al frente y todo lo que yo era como ser vivo se centraba en el manejo de mi coche y en coger su desvío.
Me explicó como dejarla en casa, había que dar varias vueltas, con el sol a nuestras espaldas paré el coche para despedirme de ella, un beso marcó el final de aquella noche, se bajó y se fué a su casa, y yo medio perdido intenté encontrar la mía.
Encendí un pitillo, puse la radio, no me creía lo que había vivido pero mi cuerpo estaba tan destrozado que me recordaba que era cierto. Entre tonterías borrosas recuerdo aquel pacto que hice conmigo mismo de no contárselo a nadie, en primer lugar por sentirme incapaz, y en segundo, porque ningún amigo me creería.

He guardado desde entonces el recuerdo de aquella noche, ahora lo conocéis vosotros, anónimos de la red, y un amigo, el editor de este antro de perversión para el cual, he rescatado hoy mi mejor noche, ya habrá tiempo de rememorar otras.

Hasta pronto


 

Martin

Mrs. Pink escribió esto cuando llega la noche:
 

 

Jolín, ¿y cómo empiezo yo esto?, no sé, se me hace difícil, nunca antes se me habría pasado por la cabeza escribir acerca del sexo, sobre mis experiencias, mis fantasías o historias curiosas que les hayan ocurrido a los que me rodean. Sí, es cierto, para todo hay una primera vez, incluso para escribir sobre sexo en todas sus variantes.

Y me pongo a pensar sobre ello, e intento recordar cada una de mis experiencias eróticas, de mis amantes, y llego a una pregunta que antes nunca me había hecho antes. ¿Quién fue el mejor? O ¿Quién fue el peor?.

Esta última pregunta es la más fácil, lo tengo clarísimo, sin duda alguna fue Martin, un inglés con el que estuve unos cuatro meses y del que lo único bueno que extraje fue el montón de inglés que aprendí.

Follaba como un conejo, mete, saca, mete, saca a una velocidad de infarto, yo me aburría como una ostra, no sólo por lo mal que lo hacía, también por la duración del polvo, no soy una mujer de sexo largo, prefiero algo más corto pero con mejores resultados. Eso de estar follando toda la noche no es lo mío.

Tampoco me gustaba demasiado su pene, no sé, tal vez un poco antiestético: Largo, muy largo, y algo delgado para mi gusto, a mí me gustan grandes y más robustas, poderosas, a esta, a simple vista le faltaba fuerza y garra. . Por lo general todas tienden a irse hacía un lado, pero esta se iba demasiado hacía el lado derecho. No, no era un pene bonito.

Mientras follábamos, porque no puedo decir que hiciésemos el amor, me imaginaba a mi misma leyendo un libro. Él encima mío, follándome como si el mundo se fuese a acabar y yo, mientras tanto, ojeando una bonita revista de moda, me faltaba el bostezo.

Creo que jamás tuve un orgasmo con él, pero jamás quise herir sus sentimientos, así que me introducía de lleno en el método interpretativo de Stanislawsky, sacaba esa gran actriz que llevo dentro y fingía unos orgasmos alucinantes.

¿Y porqué me gustaba este hombre a pesar de las malas artes amatorias que tenía?. No sé, es una pregunta que me hago a menudo. Quizás era la forma salvaje con la que deseaba, su manera, rozando lo pervertido, que tenía al mirarme. Cómo me susurraba al oído, mientras cenábamos en algún, restaurante, “I wanna fuck you right now”. Porque si hay algo me me gusta sobre casi todas las cosas es que me deseen, sentir como alguien me radiografía con su mirada, como me desnuda y como fantasea conmigo, aunque supongo que esto nos gusta a todos.

Antes dije que jamás había tenido un orgasmo con él, no es verdad, ahora acabo de recordar la primera vez que él fue “down on me” (vamos, que me hizo un cunilingus).

Igual que hacía unos polvos largos, también, y es de agradecer, hacía unos cunilingus largos, y eso a mi me encanta. En esto no le quitaré merito, no recuerdo a otro hombre que se recrease tanto es este campo. Su lengua era larga y muy ágil, el primer contacto de ella con mi clítoris era estremecedor. Sí, en esto era bueno, y mucho, ¿cómo me podía haber olvidado de algo así?.

Martin, creo que aún tengo su teléfono, quizás le llame algún día de estos, aunque sea sólo para saber si no ha perdido esa facultad suya de ir tan bien “down on someone”.


 

Memorias de un cazador de almas

Mrs. Peach escribió esto cuando llega la noche:
 

 

De cómo me despedí de Sandra

De nuevo rompió a llorar, negando en silencio mientras apartaba su mirada de la mía. Yo la cogí del brazo atrayéndola hacia mí, pero ella pegó un brusco tirón intentando apartarse. Dada mi condición física, no logró zafarse, claro está, pero aun así y dado que ella es una persona con mucha soberbia, lo intentó un par de veces más. (Supongo que porque creyó que es lo que debía hacer).
¿Pero y cómo podía convencerla de que aquello era lo mejor para ambos? Yo la adoraba, sí. Disfrutaba todo el tiempo que pasábamos juntos, hiciéramos lo que hiciésemos durante ese tiempo. Pero tenía mucho trabajo que hacer. Debía continuar mi camino, o mejor dicho, empezarlo de nuevo haciendo las cosas bien esta vez. Además, me habían dado un toke desde mi antigua dimensión, así que debía poner remedio cuanto antes si no quería ser enviado a otro lugar mucho más desagradable que la Tierra, y lo que era peor, desempeñando un trabajo que nadie estaba dispuesto a desempeñar: castigar a aquellas almas que habían decidido arder en el infierno para siempre.
Pero ahora el problema era que ella no quería entenderlo. Por más que se lo explicaba, Sandra continuaba insistiendo en que era posible compaginar su vida con mi trabajo. ¡Pero si yo ni siquiera era un simple mortal! Además, debía seguir solo mi camino, era un requisito indispensable. Un cazador de almas no podía hacer otra cosa que eso, cazar almas. Por otra parte, el último mandamiento estipulado por los de mi especie, había sido la prohibición de enamorarse de cualquiera de nuestros clientes. No obstante Sandra, ese primer alma candidata a la salvación, se había apoderado primero de mi sexo y después de mi corazón. Y aún no sé muy bien cómo lo hizo, la verdad. Ni lo uno ni lo otro. Siempre me he considerado un auténtico profesional.
Pero mientras le daba vueltas a esto, acariciando su brazo con el pulgar al mismo tiempo que lo sostenía, Sandra aprovechó para terminar de soltarse y aún enjuagándose las lágrimas, se dirigió hacia la cama todavía deshecha. Una vez liberada y junto al lecho que, noche tras noche, había soportado los envites de nuestro amor, volvió a utilizar todas sus armas. Sandra nunca se daba por vencida, y en aquel momento, tampoco parecía estar dispuesta a hacerlo. (A pesar de la violenta conversación; a pesar de los lloros, a pesar de las súplicas cuando le expliqué —destrozado—, qué era yo exactamente y por qué teníamos que dejarlo; a pesar de todo, ella volvía a comportarse como si aquella noche la hubiéramos dedicado solo a charlar como dos buenos amigos)
¡Sandra! Lo primero que hizo tras eliminar los últimos indicios de llanto, fue deshacerse de su camiseta interior dejando al descubierto sus dos pequeños y jugosos pechos. Éstos, como casi siempre hacían, pedían a gritos ser acariciados. Aquel par de sonrosados pezones, cada vez más erectos, anhelaban volver a ser lamidos; mordidos, succionados hasta la extenuación. Pero yo no podía sucumbir de nuevo. ¡No podía hacerlo! Si lo hacía, mis superiores rápidamente se enterarían de ello (no sabía muy bien cómo, pero sé que lo harían), y eso significaría el final de mi estancia allí. No, no podía permitirlo…
Sandra entre tanto comenzó a acariciarse. Subiendo arriba y abajo ambos pechos mientras los estrujaba entre sus pálidas manos. De pronto, alzó su rostro como si esperase que la luz del sol le diese de lleno en él, y cerró los ojos susurrando palabras que sabía me ponían cachondo…
Entre tanto yo seguía intentando mantenerme en mis trece (mordisqueando y pasándome la lengua por los labios, eso sí), pero Sandra seguía adelante. Apartándose la melena azabache y de nuevo con mirada desafiante (como si el sol se hubiese ocultado y ella hubiera despertado de pronto), se quitó furiosa las bragas y tirándolas a un lado me dio la espalda. Fue entonces cuando mis fuerzas empezaron a flaquear, o al menos yo empecé a ser consciente de ello: mi sexo, crecía y se inquietaba cada vez más dentro de mi pantalón.
Sandra, ya de espaldas a mí, ese ángel de carne y hueso, se abría de piernas mientras curvaba su espalda hacia delante, y aún de pie, apoyadas ambas manos sobre la cama, empezaba a balancearse pidiéndome pasión. ¡Dios, incluso desde aquella distancia tenía un coño increíble!
Intenté irme de allí. Juro que quise dar media vuelta y salir por la puerta haciendo como si nunca hubiera pasado nada; como si realmente hubiera conseguido mi objetivo y, tras terminar mi primer trabajo, fuera ahora directo a la oficina dispuesto a que me entregasen el siguiente informe; las directrices necesarias para perseguir a aquella nueva alma y conseguirla para el cada vez más vacío cielo.
Pero ella continuó moviéndose. Su redondo y carnoso trasero esperaba anhelante, al mismo tiempo que los labios de aquel maravilloso órgano suyo, palpitaban impacientes esperando a que el miembro de este pobre desgraciado fuese en su busca; y el susodicho, desde luego que estaba cada vez más ansioso y dispuesto a hacerlo.
Sandra, en la misma posición y sin dejar de moverse, volvió la cabeza hacia atrás asegurándose de que yo continuaba mirando. Metiéndose ahora índice y corazón en la boca, exactamente igual que cuando me la chupaba, mojó sus dedos para acabar introduciéndolos finalmente en su cada vez más húmedo sexo. Una y otra vez, una y otra vez, comenzando un nuevo movimiento adelante y atrás mientras se masturbaba.
—¡No sigas por favor! ¡No sigas! —Me estaba poniendo malísimo. Y lo peor no era eso, lo peor era que sin darme apenas cuenta había dado unos cuantos pasos hacia la cama y ahora no podía dejar de sobármela incluso por encima del pantalón.
Ella paró y volvió por enésima vez su cabeza, siempre en la misma posición abierta de piernas. Su sexo había crecido y desde allí, lo que podía atisbar de él, se adivinaba mucho más sonrosado, mucho más hinchado y húmedo. Escandalosamente húmedo.
Cómo lo deseaba…
Sandra giró su cuerpo definitivamente. Cansada ya de esa posición, se había tumbado en la cama totalmente abierta de piernas, mientras pasaba la lengua por sus labios con cara de perrilla viciosa. Mis ojos se abrieron cada vez más estudiando ahora aquel sexo impolutamente depilado, exactamente igual que si quisiera aprendérmelo de memoria. Entre tanto ella había vuelto a introducir sus dedos dentro de él: adentro y afuera, una y otra vez, haciéndolo sonar al ritmo de aquel fantástico vaivén de sus dedos y de la lujuriosa humedad. Con la otra mano de nuevo parecía querer exprimirse los pechos. Primero uno, después el otro, con suma brutalidad.
—Fóllame, y que sea la última vez.
No sé qué me pasó (supongo que sería imaginar el olor y sabor de aquel cálido coñito), que de buenas a primeras, se terminaron de nublar mis sentidos y ya no pude más. Me acerqué hacia ella rápidamente, desabrochándome el pantalón al mismo tiempo que me la sacaba. Tenía que follármela. Lo haría fuera como fuese porque ella llevaba razón; tenía que hacerlo aunque sólo fuera una vez más. Mirándolo bien, aquello podía ser algo así como una última despedida. Después me iría. Empezaría desde cero. Cambiaría de cuerpo evitando así que mi polla fuese por delante y por encima de mis obligaciones.
Pero cuando ya estaba delante de Sandra, machacándomela como un poseso y a punto de reventar —la tenía congestionada y loca por dar y recibir pasión—, justo en el momento en que la iba a penetrar, vi una extraña sonrisa brillar en su mirada.
Entonces fue cuando lo entendí. Había estado a punto de caer. Casi me había precipitado en ese abismo en el cual terminan a veces los cazadores cazados. Había olvidado por un momento, por unos días, que también había cazadores que capturaban las ánimas de sus compañeros (almas que estaban a punto de descarriarse, ¡pero aquello había sido una jodida trampa!). Y todo por subir un modesto peldaño dentro de nuestra jerarquía…
Cuánta repugnancia me daba aquel comportamiento; tanta, que mi miembro inquieto se había vuelto extremadamente flácido. En un santiamén, se había convertido en un insignificante y patético colgajo.
—¡Buen intento, cazador de los cojones! —escupí con auténtico asco.
Y sin mediar una palabra más, me levanté recogiendo cada uno de los jirones de mi dignidad —y de paso mi ropa humana—, dispuesto a vestirme con todo el conjunto y salir por piernas de allí.
Entre tanto, aquel pequeño demonio vestido con el cuerpo de una mujer, cubriendo su desnudez como podía, volvió a lloriquear esta vez siendo incapaz de ocultar del todo su auténtica naturaleza: La mía propia en algunos sentidos. Sus pupilas, de un verde casi fluorescente, se abrían camino irremediablemente a través del negro de las pupilas humanas. (Como el llanto de la bestia era auténtico, era inevitable ocultar su/nuestra naturaleza).
Su piel también se volvió rápidamente cetrina, mientras sus alas, aquellas grotescas y atrofiadas alas membranosas, se abrieron paso primero internamente a través de sus escápulas, para romper por último la piel (a pesar de lo que pueda parecer, no duele nada). Ahora eran libres de nuevo.
—¡Estúpido! Lo has echado todo a perder —sentencié.
Terminé de ponerme mi guardapolvos y ya con las gafas de espejo sobre los ojos, pegué un portazo tras de mí. Una vez en el descansillo, esperando en silencio el ascensor, de pronto una pequeña sonrisa se abrió camino en mi rostro: de una forma u otra había cumplido mi cometido. Acababa de cazar un alma y la había ganado para el vacío cielo.
Lo mejor de todo, era que esa bendita ánima era la mía.


 

Átame

Mrs. Blue escribió esto cuando llega la noche:
 

 

- Sácame de aquí - le dije apurando la cerveza. Llevábamos más de dos horas hablando y nunca había conocido a nadie como él. Inteligente y seguro de sí mismo me psicoanalizaba a las tantas de la mañana en un antro. Tenía algo, no se bien el qué, que hacía que me excitase su forma de hablarme, de mirarme y de tocarme sin llegar a rozar mi cuerpo. Me agarró de la mano y me sacó del bar.

Fuimos a su casa, un 5º sin ascensor, llegué arriba sin aliento. “yo te presto el mío” dijo mientras me besaba con tanta pasión que me hizo apretar las piernas. Me llevó contra una pared y apretó su cuerpo contra el mío, noté su calor y su respiración entrecortada, su miembro peleando por salir del pantalón. Le desabroché un botón de la camisa, “juguemos” me dijo y sujetó mis manos por encima de mi cabeza mientras me mordía el cuello con fuerza. “Si te hago daño o no te gusta me lo dices” nunca pensé que me excitase el sexo duro, no llegaba a hacerme daño solo era fuerte, lo justo para hacerme gemir de placer. Me agarró por el culo y me subió a sus
caderas, se frotó contra mí con la ropa aún puesta, movía sus caderas y me movía a mí al compás. Me llevó al borde del orgasmo y paró en seco.
-No te pares ahora por dios!
-Ahora te tengo donde quería
Me llevó a la habitación y me tumbó en la cama. Empezó a desnudarme despacio, tanto que me hacía retorcerme mientras buscaba su cuerpo con el mío. No dejaba que yo hiciese nada, solo estaba allí, tumbada en la cama, deseándole cada vez mas. Me dejó en ropa interior.
- Quiero atarte, me dejas?. - Una mezcla de suspiro y gemido de placer salió de mi garganta, si, deseaba que me atase, me gustaba ese juego. Ató mis muñecas a la cama con unas cinchas de cuero. En la parte de las muñecas tenían espuma, no apretaban, no hacían daño, eran como él firmes y suaves a la vez. Se desnudó y acarició mi cuerpo con el suyo, no me tocó con las manos, sólo con su cuerpo. Acercó su boca a mi tanga, solamente noté su
aliento, el calor de su boca en mi sexo y tuve algo parecido a un orgasmo, algo corto, intenso que me dejó con ganas de algo más fuerte. Me quitó el tanga despacio, mirándome a los ojos y sonriendo mientras se mordía los labios. Deseaba notar su boca en mí, su lengua, su calor. Me dio un beso en los labios, me mordió el cuello, jugó con mis pezones entre sus dientes, se entretuvo con el piercing de mi ombligo, cuando creía que no podía aguantar más, noté su boca en la parte interior de mis muslos y tuve un orgasmo sin que llegara a tocarme. Atada a la cama, gimiendo de placer, le supliqué más y noté su lengua en mi sexo alargando ese orgasmo tanto que me hacía temblar. Me besó en los labios, me llamó bonita y puso mis piernas sobre sus hombros. Noté como su miembro entraba en mí, primero despacio, luego cada vez mas fuerte, entrando entero hasta la base, duro y firme, cada vez mas dentro y cada vez mas fuerte. Cerré los ojos sintiendo otro orgasmo mientras le sentía entrar y salir de mi.
-Abre los ojos, mírame, no pierdas el contacto, que no se te olvide que estas conmigo.
Terminamos los dos al tiempo, como en las películas, en un orgasmo mutuo mirándonos a los ojos y jadeando. Me soltó y secó el sudor de mi piel con sus manos.
-Habrá que repetirlo
-Si…. - le dije mientras me metía dentro de las mantas. Era la primera vez que me quería quedar a dormir con alguien.


 

El próximo Lunes…

El Wesmaster escribió esto a primera hora de la mañana:
 

 

El Lunes se inaugurará este algo picante.
Aquí se pretenderán recoger todo tipo de relatos eróticos, tanto reales como ficticios, narrados por autores anónimos que serán representados por diferentes colores.
El reparto de inicio será Mrs. Blue, Mrs. Peach, Mrs. Pink y Mr. Green.
Es un lujo poder contar con 3 chicas en su inicio, sus relatos son realmente excelentes…
A los mandos del diseño y coordinandolo todo, el chico de Peor para el Sol, que se encargará de que esto funcione, si no es así, se quedará en un simple sueño… húmedo.
La idea es reclutar dos o tres personas mas y establecer una periodicidad en los envios, para que haya un mínimo de uno o dos posts nuevos por semana.
Veremos que tal sale todo…
Tambien confiamos en la colaboración de los visitantes para añadir relatos o enlaces a páginas con contenidos similares…
Un abrazo