Martes 29 de Noviembre de 2005
Memorias de un cazador de almas
Archivado en: Relatos Ficticios
De cómo me despedí de Sandra
De nuevo rompió a llorar, negando en silencio mientras apartaba su mirada de la mía. Yo la cogí del brazo atrayéndola hacia mí, pero ella pegó un brusco tirón intentando apartarse. Dada mi condición física, no logró zafarse, claro está, pero aun así y dado que ella es una persona con mucha soberbia, lo intentó un par de veces más. (Supongo que porque creyó que es lo que debía hacer).
¿Pero y cómo podía convencerla de que aquello era lo mejor para ambos? Yo la adoraba, sí. Disfrutaba todo el tiempo que pasábamos juntos, hiciéramos lo que hiciésemos durante ese tiempo. Pero tenía mucho trabajo que hacer. Debía continuar mi camino, o mejor dicho, empezarlo de nuevo haciendo las cosas bien esta vez. Además, me habían dado un toke desde mi antigua dimensión, así que debía poner remedio cuanto antes si no quería ser enviado a otro lugar mucho más desagradable que la Tierra, y lo que era peor, desempeñando un trabajo que nadie estaba dispuesto a desempeñar: castigar a aquellas almas que habían decidido arder en el infierno para siempre.
Pero ahora el problema era que ella no quería entenderlo. Por más que se lo explicaba, Sandra continuaba insistiendo en que era posible compaginar su vida con mi trabajo. ¡Pero si yo ni siquiera era un simple mortal! Además, debía seguir solo mi camino, era un requisito indispensable. Un cazador de almas no podía hacer otra cosa que eso, cazar almas. Por otra parte, el último mandamiento estipulado por los de mi especie, había sido la prohibición de enamorarse de cualquiera de nuestros clientes. No obstante Sandra, ese primer alma candidata a la salvación, se había apoderado primero de mi sexo y después de mi corazón. Y aún no sé muy bien cómo lo hizo, la verdad. Ni lo uno ni lo otro. Siempre me he considerado un auténtico profesional.
Pero mientras le daba vueltas a esto, acariciando su brazo con el pulgar al mismo tiempo que lo sostenía, Sandra aprovechó para terminar de soltarse y aún enjuagándose las lágrimas, se dirigió hacia la cama todavía deshecha. Una vez liberada y junto al lecho que, noche tras noche, había soportado los envites de nuestro amor, volvió a utilizar todas sus armas. Sandra nunca se daba por vencida, y en aquel momento, tampoco parecía estar dispuesta a hacerlo. (A pesar de la violenta conversación; a pesar de los lloros, a pesar de las súplicas cuando le expliqué —destrozado—, qué era yo exactamente y por qué teníamos que dejarlo; a pesar de todo, ella volvía a comportarse como si aquella noche la hubiéramos dedicado solo a charlar como dos buenos amigos)
¡Sandra! Lo primero que hizo tras eliminar los últimos indicios de llanto, fue deshacerse de su camiseta interior dejando al descubierto sus dos pequeños y jugosos pechos. Éstos, como casi siempre hacían, pedían a gritos ser acariciados. Aquel par de sonrosados pezones, cada vez más erectos, anhelaban volver a ser lamidos; mordidos, succionados hasta la extenuación. Pero yo no podía sucumbir de nuevo. ¡No podía hacerlo! Si lo hacía, mis superiores rápidamente se enterarían de ello (no sabía muy bien cómo, pero sé que lo harían), y eso significaría el final de mi estancia allí. No, no podía permitirlo…
Sandra entre tanto comenzó a acariciarse. Subiendo arriba y abajo ambos pechos mientras los estrujaba entre sus pálidas manos. De pronto, alzó su rostro como si esperase que la luz del sol le diese de lleno en él, y cerró los ojos susurrando palabras que sabía me ponían cachondo…
Entre tanto yo seguía intentando mantenerme en mis trece (mordisqueando y pasándome la lengua por los labios, eso sí), pero Sandra seguía adelante. Apartándose la melena azabache y de nuevo con mirada desafiante (como si el sol se hubiese ocultado y ella hubiera despertado de pronto), se quitó furiosa las bragas y tirándolas a un lado me dio la espalda. Fue entonces cuando mis fuerzas empezaron a flaquear, o al menos yo empecé a ser consciente de ello: mi sexo, crecía y se inquietaba cada vez más dentro de mi pantalón.
Sandra, ya de espaldas a mí, ese ángel de carne y hueso, se abría de piernas mientras curvaba su espalda hacia delante, y aún de pie, apoyadas ambas manos sobre la cama, empezaba a balancearse pidiéndome pasión. ¡Dios, incluso desde aquella distancia tenía un coño increíble!
Intenté irme de allí. Juro que quise dar media vuelta y salir por la puerta haciendo como si nunca hubiera pasado nada; como si realmente hubiera conseguido mi objetivo y, tras terminar mi primer trabajo, fuera ahora directo a la oficina dispuesto a que me entregasen el siguiente informe; las directrices necesarias para perseguir a aquella nueva alma y conseguirla para el cada vez más vacío cielo.
Pero ella continuó moviéndose. Su redondo y carnoso trasero esperaba anhelante, al mismo tiempo que los labios de aquel maravilloso órgano suyo, palpitaban impacientes esperando a que el miembro de este pobre desgraciado fuese en su busca; y el susodicho, desde luego que estaba cada vez más ansioso y dispuesto a hacerlo.
Sandra, en la misma posición y sin dejar de moverse, volvió la cabeza hacia atrás asegurándose de que yo continuaba mirando. Metiéndose ahora índice y corazón en la boca, exactamente igual que cuando me la chupaba, mojó sus dedos para acabar introduciéndolos finalmente en su cada vez más húmedo sexo. Una y otra vez, una y otra vez, comenzando un nuevo movimiento adelante y atrás mientras se masturbaba.
—¡No sigas por favor! ¡No sigas! —Me estaba poniendo malísimo. Y lo peor no era eso, lo peor era que sin darme apenas cuenta había dado unos cuantos pasos hacia la cama y ahora no podía dejar de sobármela incluso por encima del pantalón.
Ella paró y volvió por enésima vez su cabeza, siempre en la misma posición abierta de piernas. Su sexo había crecido y desde allí, lo que podía atisbar de él, se adivinaba mucho más sonrosado, mucho más hinchado y húmedo. Escandalosamente húmedo.
Cómo lo deseaba…
Sandra giró su cuerpo definitivamente. Cansada ya de esa posición, se había tumbado en la cama totalmente abierta de piernas, mientras pasaba la lengua por sus labios con cara de perrilla viciosa. Mis ojos se abrieron cada vez más estudiando ahora aquel sexo impolutamente depilado, exactamente igual que si quisiera aprendérmelo de memoria. Entre tanto ella había vuelto a introducir sus dedos dentro de él: adentro y afuera, una y otra vez, haciéndolo sonar al ritmo de aquel fantástico vaivén de sus dedos y de la lujuriosa humedad. Con la otra mano de nuevo parecía querer exprimirse los pechos. Primero uno, después el otro, con suma brutalidad.
—Fóllame, y que sea la última vez.
No sé qué me pasó (supongo que sería imaginar el olor y sabor de aquel cálido coñito), que de buenas a primeras, se terminaron de nublar mis sentidos y ya no pude más. Me acerqué hacia ella rápidamente, desabrochándome el pantalón al mismo tiempo que me la sacaba. Tenía que follármela. Lo haría fuera como fuese porque ella llevaba razón; tenía que hacerlo aunque sólo fuera una vez más. Mirándolo bien, aquello podía ser algo así como una última despedida. Después me iría. Empezaría desde cero. Cambiaría de cuerpo evitando así que mi polla fuese por delante y por encima de mis obligaciones.
Pero cuando ya estaba delante de Sandra, machacándomela como un poseso y a punto de reventar —la tenía congestionada y loca por dar y recibir pasión—, justo en el momento en que la iba a penetrar, vi una extraña sonrisa brillar en su mirada.
Entonces fue cuando lo entendí. Había estado a punto de caer. Casi me había precipitado en ese abismo en el cual terminan a veces los cazadores cazados. Había olvidado por un momento, por unos días, que también había cazadores que capturaban las ánimas de sus compañeros (almas que estaban a punto de descarriarse, ¡pero aquello había sido una jodida trampa!). Y todo por subir un modesto peldaño dentro de nuestra jerarquía…
Cuánta repugnancia me daba aquel comportamiento; tanta, que mi miembro inquieto se había vuelto extremadamente flácido. En un santiamén, se había convertido en un insignificante y patético colgajo.
—¡Buen intento, cazador de los cojones! —escupí con auténtico asco.
Y sin mediar una palabra más, me levanté recogiendo cada uno de los jirones de mi dignidad —y de paso mi ropa humana—, dispuesto a vestirme con todo el conjunto y salir por piernas de allí.
Entre tanto, aquel pequeño demonio vestido con el cuerpo de una mujer, cubriendo su desnudez como podía, volvió a lloriquear esta vez siendo incapaz de ocultar del todo su auténtica naturaleza: La mía propia en algunos sentidos. Sus pupilas, de un verde casi fluorescente, se abrían camino irremediablemente a través del negro de las pupilas humanas. (Como el llanto de la bestia era auténtico, era inevitable ocultar su/nuestra naturaleza).
Su piel también se volvió rápidamente cetrina, mientras sus alas, aquellas grotescas y atrofiadas alas membranosas, se abrieron paso primero internamente a través de sus escápulas, para romper por último la piel (a pesar de lo que pueda parecer, no duele nada). Ahora eran libres de nuevo.
—¡Estúpido! Lo has echado todo a perder —sentencié.
Terminé de ponerme mi guardapolvos y ya con las gafas de espejo sobre los ojos, pegué un portazo tras de mí. Una vez en el descansillo, esperando en silencio el ascensor, de pronto una pequeña sonrisa se abrió camino en mi rostro: de una forma u otra había cumplido mi cometido. Acababa de cazar un alma y la había ganado para el vacío cielo.
Lo mejor de todo, era que esa bendita ánima era la mía.
29 de Noviembre de 2005 a las 9:24 pm
realmente increible…. has despertado mis instintos mas primarios, es un placer compartir cartel con alguien tan bueno.
Besos humedos
29 de Noviembre de 2005 a las 10:38 pm
Gracias, querida. El sentimiento es mútuo.
Muchos, muchos más besos húmedos, preciosa.
29 de Noviembre de 2005 a las 10:44 pm
Muy buen comienzo niñas, disfruten cuanto puedan, pero el Jueves conocerán el sabor de la perversión y el deseo de manos de un relato tan real como obsceno.
Por favor, si son ustedes tan amables y en pro de este vínculo que nos une, inclúyanme en esos besos húmedos que al ser entre dos mujeres me están poniendo malísimo.
Un cordial saludo del único varón de esta fiesta
(junto con el querido webmaster)
29 de Noviembre de 2005 a las 11:07 pm
tus letras me han tenido en tensión hasta el último momento…como deseaba que la follara!! jajaja…casi ha sido mejor asi…para él y para mi…
29 de Noviembre de 2005 a las 11:10 pm
¡Madre cómo está el patio! Como esto siga así se me para el marcapasos fijo. xD
1 de Diciembre de 2005 a las 8:24 pm
BUfffffffff… No comment!
Seguid asi!
1 de Diciembre de 2005 a las 9:32 pm
Ya sabía yo que había visto a Nayeli por algún lado…
Realmente excelente!!!!
Buenísima, Mrs Peach… has empezado con paso firme, seguro que creas afición
Un abrazo enorme a todos!!!
6 de Diciembre de 2005 a las 6:40 pm