El Profesor

Mrs. Orange escribió esto antes de comer:
 

 

Estoy incomoda… No debería estar aquí. Hace años que dejé atrás el colegio. Es muy extraño encontrarme de nuevo sentada en este incomodo pupitre…

A mi alrededor todo es frío, todo es vacío… Esta sala es como un enorme anfiteatro… y, de repente, lo sé: Es un examen.

La adrenalina me sube por las nubes. No sé de qué es el examen, ni he estudiado nada. El corazón me late desbocado. Me revuelvo en mi asiento, dudando si quedarme o escapar. Estoy tan incomoda…!

Me miro y me doy cuenta de que llevo de nuevo el uniforme… Pero es imposible! yo he crecido desde entonces! Estiro la faldita de cuadros hacia abajo todo lo que puedo, pero inevitablemente deja la mayor parte de mis piernas al aire, es tan cortita que noto el frío de la silla en mis muslos al sentarme y estoy segura de que a poco que me mueva se me verán las braguitas. Me siento avergonzada. ¿Por qué voy vestida así? ¿Por qué llevo calcetines? En mi colegio no se llevaba este tipo de calcetín blanco hasta la rodilla! Y esa blusa blanca, que apenas he conseguido abrochar, deja mis pechos prácticamente a la vista… Me siento como desnuda en el centro de esta habitación vacía, enorme, como un teatro, y solo mi minúsculo pupitre en el centro, frente a una mesa enorme, amenazadora, esperando a que alguien que no conozco me ponga un examen que se que voy a suspender..

De pronto oigo un ruido y levanto la vista.

Un hombre entra en la sala sin mirarme. Es muy atractivo, camina con seguridad hacia la mesa que está frente a mí y se apoya en ella descuidadamente, de una forma que de repente se me antoja extremadamente sensual. Abre un libro e ignorándome empieza a leer.

No se que me pasa, pero ya no quiero irme. Me gusta ese hombre, no puedo dejar de mirarle. Quiero que él me mire, que se percate de que estoy ahí.

Le recorro con la vista, deleitándome en su figura. Es bastante alto, con una espalda bien proporcionada y unos hombros increíbles. Realmente tiene un cuerpo muy masculino. Su rostro es de corte clásico, destaca una mandíbula que denota una voluntad férrea, pero que su boca, sensual y jugosa, matiza con un toque de increíble dulzura. Es espléndido, es mas, es realmente guapo. Y, de pronto, empiezo a notar que mirándole de esa forma me estoy excitando.

Quiero que se acerque, que me mire, que me desee como yo a él… pero me sigue ignorando.

Pequeños escalofríos suben por mis piernas, mis muslos, mi vientre… Ya no aguanto mas, necesito llamar su atención. Necesito sentir que se fija en mí…

Dudando, como si fuera una niña pequeña, levanto tímidamente mi mano y mis labios dibujan unas palabras que no terminan de salir: Disculpe! Profesor!

Él se vuelve lentamente. Me mira por fin, y sus ojos castaños, profundos, recorren mi cuerpo semidesnudo incendiándolo. Sentir su mirada es como caer en un volcán.

Se acerca desesperadamente despacio, mirándome con una sonrisa entre dulce y canalla bailando en la comisura de su boca. Se inclina desde atrás sobre mi, apoyando una de sus manos en el respaldo de mi silla y la otra sobre la mesa, muy cerca… demasiado cerca… y noto su calor y su aliento en mi cuello.

Sorprendida por esta reacción inesperada, me quedo quieta, tensa, con la cabeza gacha y la mirada fija en algún punto de la pared de enfrente, apretando los puños contra mi falda. Ya casi puede tocar con sus labios los lóbulos de mis orejas, y entonces me susurra, acariciándome con la voz mas sensual que he oído jamás:

“Te equivocas. Yo no soy profesor”.

Noto que me pongo colorada, como si me hubieran pillado en una falta, pero a la vez no puedo evitar un gemido cuando noto su aliento en mi cuello. Le deseo ahora de una forma ciega, desesperada, que no pensaba que fuera posible. Con los ojos cerrados trato de controlarme, pero el olor de su piel me invade, me está volviendo totalmente loca. Finalmente logro reaccionar. Me vuelvo para mirarle, pero ya no está.

Sorprendida me levanto y empiezo a recorrer la sala. Buscándole, llamándole sin voz. Hasta que, exhausta, me doy por vencida. El ya no está, pienso para mi…

Entonces, lentamente, como resbalando, me agacho y con la cabeza entre las piernas comienzo a sollozar. No puedo dejar de llorar. No puedo soportar la idea de perderle.

Finalmente, derrotada, presa de la angustia, me levanto y voy arrastrando los pies hacia la puerta de salida. Ya no me importa el examen. Ya nada me importa.

Pero al llegar veo que él está allí, junto a la puerta, con unas llaves en la mano, y mirándome directamente a los ojos me dice: “Tonta, Se te ha corrido el rimel”, y riéndose por lo bajo cierra con llave, con un clic seco, definitivo, que me despierta de pronto y me hace sentir que estoy completamente en sus manos. Saberlo hace que el calor vuelva a mi cuerpo.

Entonces se acerca a mí muy despacio, que estoy ahí de pie, mirándole, petrificada, tratando inútilmente de pasarme el dorso de la mano por mi mejilla húmeda, para limpiarme, como si fuese un gatito o una niña pequeña. De pronto pienso que lo estoy empeorando y lo dejo. Me siento un poco tonta, sin embargo él cuando llega a mi lado coge mi mano sucia de lagrimas y rimel, y depositando en ese dorso mojado un beso increíblemente dulce, tira de mí acercándome a su cuerpo, mientras el mío tiembla como una hoja y mi respiración se agita por momentos.

No puedo dejar de mirarle a los ojos, su pecho roza ya el mío, siento su cuerpo cálido y acogedor pegado a mi y de pronto me ceden las piernas de tal forma que acabo totalmente apoyada en su pecho, mi mejilla contra su cuello. Con su otra mano él me toma por la cintura y en ese momento con sus manos alrededor de mi cintura, su cuerpo cálido junto al mío y la mejilla apoyada en la dulce curva de su cuello, pienso que en esa cárcel de piel me siento la mas protegida y dichosa de las criaturas.

No ha dejado de mirarme ni un segundo, le devuelvo la mirada y entonces, sacando de nuevo esa sonrisa canalla que antes me trastornó, comienza a acercar sus labios a los míos. Su beso es apasionado, dulce, romántico… y a la vez siento que contiene un ansia que iguala la mía, una necesidad, una urgencia, que me hace volverme totalmente loca de deseo por él. De pronto soy incapaz de pensar en otra cosa que no sea en poseerle, y en ser poseída por el…

Abrazados aun, su cuerpo febril por el deseo me empuja con una suave presión hasta que justo a mi lado noto que queda el borde de la mesa grande del centro. Inclinándose sobre mí me recuesta, aun entre sus brazos, con una suavidad increíble. Sus manos empiezan a recorrer mi cuerpo, el calor que desprenden hace que tenga escalofríos cuando rozan mi piel, mientras, sus besos que me invaden la boca, el cuello, el rostro… y su agitada respiración caen en mi piel como lluvia para un sediento.

Me susurra de nuevo con esa voz llena de deseo y mirándome con sus ojos de fuego, comienza a soltar suavemente los botones de mi blusa. Al hacerlo deja mis pechos al aire, apenas contenidos por el sujetador de blonda blanco que deja que se marquen mis pezones, tan duros por la excitación y el aire frío de la sala, que me hacen gemir por el deseo de que los toque, de que los caliente con el suave calor de su lengua… Pero tras desabrochar mi camisa y dejarme así, excitada, temblorosa y expuesta, me sonríe jugando conmigo y bajando comienza lentamente a acariciar mis piernas, trepando por mi cuerpo poco a poco, desde el tobillo, hasta la rodilla, que se entretiene en lamer y besar suavemente, para luego seguir ascendiendo dulcemente por la cara interior de mis muslos, que tiemblan de deseo ante su contacto…

Este juego de lenta provocación me ha dejado tan excitada como no pensé que llegara a estar nunca, y mis braquitas están indecorosamente empapadas. El lo nota, me mira y me dispara de nuevo con esa sonrisa canalla, lujuriosa, que me enciende, las ve asomando por debajo de la faldita de cuadros que al tumbarme ha quedado algo levantada… y cuando su ascenso llega al final de mis muslos, acerca sus dedos hacia la zona más húmeda y comienza a pasarlos por encima lentamente, con mucha suavidad, apenas tocando la braguita, provocándome auténticos jadeos de deseo. Nunca había sonado así mi voz, ronca, enloquecida… Mi espalda se arquea sin control. Quiero que me posea ya, que me tome salvajemente y calme ese ardor que no puedo controlar y que recorre todo mi cuerpo.

Pero no deja que sea tan fácil, pone un dedo en mis labios que luego besa, pidiéndome paciencia, e inclinándose sobre mi, comienza pasar su lengua lentamente alrededor de mi ombligo, acariciando mis caderas y mi cintura con las manos, mirándome a los ojos mientras lo hace, para que pueda ver su deseo y la lujuria que le embargan. Para que pueda ver todo ese deseo que está conteniendo para mí, para darme placer…

Luego, mientras su boca sigue subiendo poco a poco, toma mis pechos entre sus manos y sacándolos del sujetador comienza a lamer mis pezones, primero suavemente, luego con ansia, y finalmente con autentica lujuria, mientras una de sus manos comienza a descender, sorteando mis braguitas, buscando mi sexo, que le recibe totalmente incandescente, empapado.

El contacto de sus manos y su lengua, sus pequeños mordiscos en mis pezones inflamados de deseo, me producen después de la espera un placer tan intenso que creí que tendría un orgasmo en ese mismo instante.

Pero viendo en mis ojos perdidos la necesidad de dejarme llevar, sonríe malicioso y frenando sus ataques, se vuelve sutil, delicado, y comienzo a sentir como sus besos y su lengua empiezan a bajar por mi cuerpo. Recorre mi vientre con la lengua, bajando de nuevo al ombligo, y superándolo, sin dejar de mirarme, acerca su boca a mis braguitas mientras con extrema delicadeza comienza a tirar de ellas con los dientes, bajándomelas lentamente hasta dejarlas en mis muslos, y su lengua comienza entonces a acariciar mi monte de Venus, que depilado por completo, se estremece al borde del orgasmo a cada contacto. En el mismo instante en que su lengua encuentra por fin el interior de mi sexo, un orgasmo increíble restalla en mi vientre, haciéndome enredar mis manos en su pelo y gritar de placer hasta quedarme ronca…

Abro los ojos, tras unos instantes de desorientación, a medias recuperada. Le miro como en una nube y me doy cuenta de que él sigue totalmente vestido. Me doy cuenta por primera vez de lo que lleva puesto… una camisa de rayas violeta y corbata….

Mmmm…. Y lleva gafas… que sexy…

Aunque me excita la situación de estar medio desnuda y él completamente vestido, me incorporo a medias en la mesa, y sujetándole de la corbata le susurro al oído: “desnúdate para mi”.

Hay algo tremendamente excitante en ver a un hombre de pie, delante de ti, quitándose lentamente la ropa… El gesto de quitarse la corbata… luego el lento desabrochar de una camisa…. La visión de un cuerpo hecho para el sexo apareciendo poco a poco ante mi, y sobre todo el leer en sus ojos mientras lo hace una mezcla de timidez y deseo me ponen de nuevo a mil.

Juguetona enredo con su ropa según se la va quitando… me divierto poniéndome su corbata sobre el cuerpo semidesnudo, pero él sigue mirándome fijamente, sin sonreír, quitándose lentamente el resto… Al caer el pantalón, se me escapa una exclamación ante una de las visiones más maravillosas de mi vida viéndole ante mi en aquel bóxer de licra tan ajustado, con su miembro totalmente erecto marcándose asombrosamente grande y palpitando de deseo, luchando por salir.

Sin dejarle terminar, amarrándolo por las caderas con ambas manos lo acerco hacia mi, y sentada aún sobre la mesa, mirándole desde abajo, comienzo a acariciarle suavemente con el dedo índice los costados, el pecho… trazo dibujos imaginarios por su pecho dejando que su piel se encrespe, se desperece, que todo él responda hasta que tiene todo el cuerpo tenso, dispuesto….

Despacio acerco mis labios, beso su ombligo, bajo por la línea que desaparece por debajo de él y que se pierde en su pubis, y dejando resbalar mis manos, juego a acariciar con mis dedos el contorno de la cinturilla del slip, hasta que metiendo un poquito la punta de mis dedos, lo sujeto y poco a poco, con cuidado, lo voy bajando, dejando ante mi la espléndida visión de su polla, que es acorde con todo él. Impresionante.

Mirando su sexo me doy cuenta que me he cansado de jugar, y volviendo mi vista hasta sus ojos expectantes, sonrío golosa, me arrodillo ante él y acariciando aun con una mano sus caderas y su vientre, acerco la otra y le tomo por la base, acariciándole con suavidad pero con firmeza, cada vez con mas intensidad. Mientras, mi lengua que parece haber cobrado vida propia, empieza a lamerle sin compasión.

Cuando mi lengua acaricia húmeda y caliente su capullo por primera vez noto que cierra los ojos y echa la cabeza para atrás.

Cuando mis labios, ávidos y ardientes abrazan su sexo y comienzan a devorarlo, no puede evitar poner sus manos en mi cabeza y atraerme hacia él.

Cuando nota que mi boca toca su abdomen y el está por completo dentro de mi, sus gemidos se escapan como si nada pudiera contenerlos ya…

Oírle gemir me excita y me provoca de una forma incontrolable, y comienzo a comérsela hasta el fondo, entregándome a él y a su sexo por completo, clavando mis uñas levemente en su delicioso trasero, moviéndome al ritmo que me marcan sus manos, tragándomela entera para que pueda entrar del todo en mi boca, y lamiéndola en el interior, moviendo mi lengua en círculos, rozando su tenso frenillo, acariciando la extrema suavidad del capullo, notando como palpita, como se funde en mi lengua su sabor a sexo, a hombre, y me hace desear darle mas y mas…

A estas alturas ya estoy completamente empapada de nuevo. Cómo me pone que me folle la boca…

Cuando noto que está a punto de dejarse llevar, me separo para permitirle unos minutos mas de placer, e incitándole a masturbarse delante de mí, le provoco acariciándome los pechos, mientras me paso la lengua por los labios con gestos obscenos. Comienzo a chuparme los pezones lentamente, gimiendo muy alto, para que me oiga…

Entonces veo que ya no puede contenerse más y de rodillas aun delante de él, saco la lengua, invitándole, y le miro con mi peor cara de vicio. Rendido, me coge por la nuca y metiéndomela en la boca con un gesto seco, directo, entre dominante y entregado, comienza a correrse en mi garganta mientras mi lengua le ayuda con suavidad, siguiendo el ritmo de sus espasmos.

Su sabor es delicioso, lo trago y me relamo, como una gata traviesa que acaba de devorar el pez más apetitoso de la pecera.

Entonces él hace algo que me sorprende: Abrazándome con suavidad me incorpora y cuando nuestros ojos están por fin a la misma altura me rodea con sus brazos de la forma más tierna y delicada que nunca he sentido y me susurra al oído “gracias”. Después acerca sus labios a los míos y me besa largamente, con pasión, sin importarle el sabor de su sexo en mi lengua. A mi tampoco me importa, es realmente delicioso, y le devuelvo el beso rendida, entregada por completo.

Agotados ambos nos tumbamos sobre la mesa y, como si supiera que ese es mi sitio, me escurro entre sus brazos hasta encontrar ese hueco perfecto entre su pecho y su hombro y ahí me quedo, acurrucada, sonriendo feliz para mis adentros, mientras noto como el sueño me envuelve. Tan solo vuelvo la cabeza un instante para susurrarle al oído:

“Te quiero”.

Lo siguiente que recuerdo es el ruido del despertador.

¿Querías que te contase mi sueño, no? Pues ahí lo tienes. He pensado que te gustaría leerlo hoy que no vamos a poder hablar…

Solo recuerda que: En sueños y despierta…

Te quiero.


 

En el Metro

Mrs. Orange escribió esto cuando llega la noche:
 

 

Ibas en el metro, aparentemente ajeno a todo.

Yo, de pie a tu lado en ese vagón abarrotado, notaba turbada tu olor y el calor de tu piel cercana. Me pareciste muy joven, tal vez unos 25. Alto y delgado, tenías pinta de niño bueno, de ratón de biblioteca. Eras exactamente el tipo de hombre que siempre me había gustado. Leías un libro, no recuerdo de qué. Apoyada contra la barra y sintiendo el acero frío clavarse en mi espalda, te observaba. El calor que me llegaba de tu cuerpo cercano, en contraste con la barra helada en mi espalda desnuda terminaron por provocarme una serie de escalofríos que me recorrieron todo el cuerpo como un rayo. Empujados por la multitud, el inevitable contacto de tu pierna sobre mi cadera me excitaba de una forma incontrolable, no podía dejar de mirarte. Te imaginaba solo, deseando el contacto tibio de una piel femenina bajo tu cuerpo, demasiado tímido como para tener novia, demasiado profundo como para contentarte con un ligue cualquiera de bar… pero tu mirada perdida, muy lejos de ese libro que fingías leer, me decía que aunque tratabas de disimularlo, me sentías a mí tan turbadoramente cerca como yo te sentía a ti.

Suspiraba para mis adentros a cada vaivén del vagón, a cada segundo más y más excitada, preguntándome qué pasaría si te soltases por un segundo de esa barra a la que te aferrabas como un marino en la tormenta y tu cuerpo se pegara al mío, tu aliento me raspara la piel…

Debiste notar la fijeza de mi mirada, o la forma en que me inclinaba hacia ti en cada sacudida, luchando contra mí misma para no dejarme llevar, para no acercar la mano a tu cuello y pasar lentamente mis dedos por ese trozo de piel que me estaba haciendo enloquecer. Finalmente no debiste poder seguir ignorando el calor abrasador que quemaba ya mi cuerpo y se escapaba en mi mirada, por que te vi bajar lentamente el libro, medio inquieto, medio alucinado, y te me quedaste mirando a los ojos, como intentando averiguar en los míos mi destino…

Te devolví la mirada desafiante, seria. Pensando si mis ojos dejarían traslucir todo el deseo que esa increíble curva de tu cuello me provocaba y deseando que me comprendieses, que intuyeses mi necesidad de ti en ese instante, en ese momento.

Vi como tensabas los músculos casi sin darte cuenta y te girabas, inclinándote imperceptiblemente hacia mí, temiendo y deseando a la vez mi reacción. Tus ojos se encargaron de decirme que compartías mis anhelos, que temblabas bajo la ropa de miedo y de deseo contenidos, que te preguntabas como sabían mis labios o qué pasaría si te dejases llevar y me hicieses tuya allí mismo, contra la pared. ¿Cuánto hacía que no tocabas un cuerpo de mujer? No me sonreíste. Ninguno de los dos lo hicimos. Estábamos frente a frente, devorándonos con la mirada, hirviendo de deseo, anhelando un contacto que no llegaba. Pensando si tal vez estábamos imaginando demasiado en los febriles ojos del otro.

Tanto deseo… Me dolían los músculos de tratar de refrenarlo. Cerré los ojos, intentando liberarme de ese embrujo, pero tu olor me invadía por completo, tan masculino, tan sexual… no podía dejar de imaginarte aprovechando una sacudida del vagón para acercar tu cuerpo al mío, y aplastándome con tu peso contra la barra, recorrer con tu boca mi cuello, mis hombros… Imaginaba tus manos acariciando ávidas mis pechos, ahora tan duros que me dolían los pezones de excitación, tu cadera buscando con urgencia la mía, mis manos trepando bajo tu camisa, clavando mis uñas en tu espalda… Abrí los ojos sobresaltada. Se me había escapado un gemido quedo, pero suficiente para que tú, tan cerca como estabas, lo oyeras. Eléctricos espasmos de placer me inundaban, ya despierta, imaginando aún tus labios bajando por mi piel, sintiendo por un momento la locura que sería tenerte desnudo piel contra piel y saborearte centímetro a centímetro.

Tus ojos no soltaban los míos. Sé que notabas lo excitada que me encontraba, había visto como mirabas de reojo mis pezones marcados sin remedio contra la camiseta de algodón. Tenías que notar mi respiración agitada, desacompasada… Y sé que me habías oído gemir, por que también tú estabas ahora totalmente excitado, no podías ocultarlo.

Y, en ese momento, pensé que sucedía.

Una sacudida más fuerte que las demás nos inclinó a los dos a la vez y nuestros cuerpos se encontraron por un segundo. El vagón se paró y en mi turbación apenas oí la voz metálica que anunciaba la llegada a una estación, no recuerdo cual.

Decidida como nunca había estado de algo, iba a aprovechar esa repentina cercanía para apoyar por fin mis manos en tu pecho y susurrarte mi deseo al oído. Cuando, de repente, sin darme tiempo, te ruborizaste, bajaste los ojos y murmurando algo que no comprendí, te diste la vuelta y bajaste del vagón.

Y yo allí, de pie, con la mano a medio camino ya de la nada, te miraba salir, sorprendida, excitada y triste. Pensando en esa piel hecha para la mía, en esos labios que ya jamás me besarían.

Entonces, mientras sonaba el silbido, apreté la mano y clavándome las uñas en la palma, salté.

Era mi parada.